Titanes del Pacífico (Pacific Rim)
Estados Unidos, 2013, 132’
Dirigida por Guillermo Del Toro.
Con Charlie Hunman, Idris Elba, Rinko Kikuchi, Charlie Day, Max Martini, Robert Kazinsky y Ron Perlman.

Más corazón que “¡Oh…Dios!”

Por Federico Karstulovich 


La retaguardia

El mainstream tiene esas cositas: genera adeptos. Lo mismo sucede con el cine-artie, que también responde a lo mainstream, pero con marca distinta. La divisoria de aguas inútil se la debemos a un puñado de genios que convencieron a medio mundo que eso de la autoría es destacable por encima del sistema. Paparruchadas: caguémonos en la autoría. Un rato. Un par de horas. Un par de siglos, también. Y nos liberaremos del peso angustioso de la vanguardia de la retaguardia.

Hold me, thrill me, kiss me, kill me

Tema potente para una película impotente. En su proceso de caída libre, U2 se cargaba el tema principal de Batman Forever, allá por el 95. Hay que cargarse una película grandota, ampulosa, sin alma, sin vida. Para cargársela hay que poner la carne en la plancha, que era una de las pocas cosas que supo hacer bien esa banda alguna vez (un puñado de temas a lo largo de discos que van del 81 al 92 me dan la razón): contra el síndrome noventoso del lounge, de la eternidad monocorde de cierto rock Indie, había que recobrar el fade out, había que recobrar el grito pelado tan total eclipse of the heart. Por eso Godzilla y Día de la independencia eran películas sin corazón a lo Batman Forever: grandes, mastodónticas, pero sin furia ni sonido ni gritos. La pasión sobreactuada es lo peor. La pasión, sin corazón que la sostenga, es histeria. Y los corazones no se hacen por combustión espontánea: se irrigan, se los llena de sangre. Toma tiempo y amor.

Qué autor ni qué carajos: cartonero

Allá por los 90’s debutaba Guillermo Del Toro con su opera prima, cargada de corazón y odio. Pero nadie le dio demasiada pelota a Cronos, largometraje irrigatorio. Luego vendría la incomprendida Mimic (donde la obsesión deltoriana con los bichos se termina de formular), la no muy feliz El espinazo del diablo y, para mí al menos, la fundamental Blade 2. No sólo es fundamental por ser una buena película (que de paso, agarrate, te hace una actualización doctrinaria a lo Shakespeare for dummies con una economía de recursos notable), sino que es una película que reformula un estilo. Y qué interesante: Del Toro se pudo haber comprado la máquina de hacer pájaros (en la cabeza) y creérsela. Creerse la del autor. Pero el tipo se desmarca y se mete a dirigir la continuación de una película menor, con un personaje poco interesante, con una historia de base, a primera vista, más bien convencional. Y sale airoso porque encuentra, entre las coordenadas elementales de los proyectos basura destinados a directores “de batalla”, un corazón. Había que buscar en los residuos del arte popular eso que siempre emociona: personajes y su relación con el mundo (el interior y el exterior). El resto sería una excusa (cara).

Rompamo todo

Hellboy y Hellboy 2 supieron ser las avanzadas rompantodistas contra el síndrome de importancia que todavía pululaba por la cabeza del mexicano cuando se le ocurrió que con El laberinto del fauno su cine ganaría en –vaya uno a saber qué pensó- prestigio e importancia. Por suerte está el cine industrial para cargarse, capitalismo de por medio, con todas las ansiedades románticas del artista “oscuro”. Porque si algo había en El laberinto del fauno era un tristísimo abandono de la ambigüedad del mundo. Porque ahí donde las Hellboy oscurecía y complejizaba el mundo, aquella lo convertía en una parábola elemental. Había que salirse, había que soltarse la correa. Y animarse a un cine pulsional, un cine de la superficie, un cine donde corazón no supusiera profundidad sino materialidad, cuerpo, sensaciones (algo que la saga Hellboy porta con saludable alegría).

“Es Godzilla + Transformers”: sin comentarios

A mi no me parecía muy atractivo el trailer de Pacific Rim, debo admitirlo. Pero la sarta de bobadas que escuché sobre una película más comentada que vista, creo que en definitiva, me tentó un poco. Había que ser muy prejuicioso para no verla. Pero si quien la había visto sostenía la combinación que titula este párrafo, bueno: estábamos frente a la peor de las posibilidades. Pero no: ahí donde se me prometía otra de esas películas para exclamar “¡Oh, dio!” (Expresión fundamentada en el CGI y efectos especiales de diversa índole), de pronto, apareció otra cosa. Había un corazón gigante. Un corazón de lata que guardaba recuerdos (los recuerdos como percepción fundante del mundo son clave en Titanes del pacífico) y que los actualizaba económicamente (en la mejor tradición del clasicismo: de hecho estamos ante la película más hawks-carpenteriana de Del Toro). Si en aquellas dos películas citadas en el título de éste párrafo todo era cosha golda y destrucción por la destrucción misma a niveles industriales y en cantidades excesivas, en Pacific Rim las partes de destrucción masiva son relativamente escasas, como ya dije, económicas. Porque lo que importa aquí es la gente, no sus aparatos.

Fuimos los sacrificados

Pacific Rim tiene un pathos trágico que recuerda a los personajes homéricos de Fuga de Nueva York pero también tiene un espíritu de grupo que recuerda al Hawks pasado por Carpenter de La Cosa o hasta de El príncipe de las tinieblas. No: no me refiero al estilo del terror claustrofóbico de JC, sino a la base ética de los personajes de aquellas películas, a la necesidad de un espíritu de grupo y camaradería puesto a prueba por las circunstancias. Pero ahí donde Carpenter jamás nos daría pista del pasado de nadie, Del Toro es más tradicionalista. No obstante, con inteligencia, justifica la presencia de los flashbacks para darle utilidad a la conectividad hombre-máquina (la conectividad bi-faz es una invención dramática hermosa que la película explota con especial sensibilidad). El resultado es, otra vez, como en Blade 2, como en las Hellboy, otro cuento sobre padres e hijos (en el marco de las relaciones de un grupo), otro cuento sobre la entrega y el sacrificio para que las próximas generaciones sepan cuidar el legado de una conducta íntegra. Sin subrayados, sin oropeles, pero con las manos llenas de sangre y palpitaciones, Pacific Rim es una esperanza para el hombre de hojalata de El mago de Oz: detrás del metal hay un corazón gigante, escondido, que si sale, se lleva puesto las miserias del mundo mediocre de los estrenos de cada jueves.

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