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Tiempo de lectura: 4 minutosEl juego del calamar

Por Sergio Monsalve

Squid game
Corea del sur, 2021, 8 episodios de 60′
Creada por Hwang Dong-hyuk
Con Lee Jung-jae, Park Hae-soo, Jung Ho-yeon, Oh Yeong-su, Heo Sung-tae, Anupam Tripathi, Wi Ha-joon, Kim Joo-ryoung, Yoo Sung-joo, Lee Yoo-mi, Kim Si-hyun, Lee Sang-Hee, Kim Yun-tae, Lee Ji-ha, Kwak Ja-hyoung, Chris Chan Lee, Gong Yoo, Lee Byung-hun, Kim Yeong-ok, Ah-in Cho, Kang Mal-geum, Park Hye Jin, Greg Chun, Stephen Fu, Paul Nakauchi, Hideo Kimura, Donald Chang

La suma de todos los miedos

“El Juego del Calamar” tritura a la competencia en Netflix, situándose en el ranking global del algoritmo, donde propuestas foráneas como la española “La casa de Papel” lograron el mismo éxito en el pasado.

Es el primer hit de la televisión coreana en el servicio streaming, equivalente al triunfo de BTS en Billboard y a la conquista de “Parasite” en el Oscar, tras llevarse la Palma de Oro de Cannes.

A diferencia de su rival comunista, la Corea del Sur y democrática pudo levantar una industria de la cultura mainstream, altamente deseable y apetecible por los mercados de todo el planeta, a consecuencia de deslastrarse de los códigos de censura de su memoria dictatorial, de incorporar la fusión entre occidente y la simbología asiática, de adoptar la conversión en soft power al acecho de la capacidad seductora de Hollywood, a la luz de un star sistem discreto y de un revisionismo extremo de los géneros clásicos, bajo la huella del cine independiente americano de los noventa con Tarantino a la cabeza, bajo la influencia de las vanguardias europeas y de las corrientes periféricas en el milenio.

Así “El Juego del Calamar” deslumbra a los no iniciados, por saber masificar una costumbre festivalera del arte y ensayo, haciéndole guiños al experto en autores de la renovación Han como Kim Ki Duk, Lee Chang Dong, Kim Jim Woon, Chan Wook Park, Yeon Sang Ho y Bong Joon Ho, quienes inspiraron al verdadero director de “Squid Game”, un cincuentón llamado Hwang Dong Hyuk que estaba esperando su momento para ponerse a la par de sus mentores.

El realizador, al menos, reconoce unos diez años de trabajo en el guion del proyecto, cuyo resultado atrapa de inmediato por la forma expedita de contar la historia, utilizando los ganchos de tendencias de explotación como la “teen distopya”, la ciencia ficción, el reality de “sobrevivientes”, el terror psicológico, la telenovela coreana, el drama coral, el suspenso y el relato de intriga policial.

Por supuesto, en el árbol genealógico de la serie, cabe ampliar el espectro de las herencias más y menos visibles.

Por ejemplo, algunos observan el robo al filme de culto, As the Gods Will.

Pero la licuadora del libreto ofrece su versión o su reducción de sabores y aromas conocidos por el cinéfilo insomne: el Stanley Kubrick del Danubio Azul en “2001” y el de la hiperviolencia grotesca de las pandillas no future de “La naranja mecánica”, dando palizas al ritmo de la música de cámara, sin olvidar la obvia referencia a los mensajes subliminales de “Ojos bien Cerrados”, sobre sectas VIP de enmascarados, masones e iluminattis decadentes, confabulados para saciar su hambre de sexo, su sed de sangre y su voluntad de dominio tiránico, cual casta de vampiros sacados de un plagio descolorido del Marqués de Sade, Don Luis Buñuel y Georges Franju.

De hecho, el eslabón débil de la primera temporada, reside en la caricatura marxista de una tropa élite invitada para apostar millones en el espectáculo de la escabechina de los pobres, del “Hunger Games” de los miserables.

Una concesión con el progresismo redundante y populista de franquicias extinguidas como “Purge”, acerca del problema de la desigualdad y el privilegio.

El subtexto se empobrece al difundir una ideología de tufillo socialista, en el sentido de plantear un esquema de “ellos contra nosotros”, condenando la riqueza y romantizando el origen de los indigentes.

De tal modo, la producción pierde puntos importantes, cuando cede al chantaje del paternalismo culposo.

Propuestas japonesas como “Batalla Royale” se plagian, de cabo a rabo, para desdibujar su abstracción con colores primarios de manifiesto anticapitalista.

En “El Juego del Calamar” no hay medias tintas, las brochas gruesas opacan la labor del diseño de arte.

Los temas graves, de la actual corrección política, se despachan como lecciones de galleta de la suerte, como escrituras perezosas de la autoayuda, queriendo traficar un contenido demagógico a la tribuna. 

Al crítico se le dificultad así la tarea de defensa, prefiriendo optar por un desmontaje a contracorriente del hype y de la moda.

Suficientes videos e influencers le picarán el quesillo, por las razones equivocadas: su supuesto mensaje, su originalidad expresiva, su metáfora social.

Por mi lado, disiento de la poesía kitsch de una obra que, en realidad, narra un relato binario de orden bolchevique, casi como una propaganda encubierta de Corea del Norte, cuando se pretende lo inverso.

Lo que me compensa el trayecto y el maratón, de verla de corrido, es el juego estético, que traduce más emoción e impregna de auténtica subversión, al entramado de la serie.

Ojo, tampoco es nuevo lo que se trasluce en los sets: los japoneses llevan años saqueando el universo infantil de la animación, lo que ellos llaman “Kawai”, para mostrar el costado oculto de la ternura.

Recordemos los propios juegos de Takeshi Kitano o incluso “El Telematch” alemán, que era  un simulacro de tercera generación, como un parque temático de Eurodisney, que disfraza el carnaval burocrático en el que vivimos, el eterno “Game” de una “Matrix” de redes sociales.

Sin embargo, engancha la propuesta de asistir a una casa de muñecas, como una instalación del gigantismo anarco pop de Banksy, cuyos muñecos y juegos adorables anticipan la caída en el infierno de los campos de concentración, de las maquilas de esclavos escondidos en islas.

Algo que representa el sectarismo corporativo del régimen Chino, traficando con órganos y elevando arquitecturas deshumanizantes con colores chillones, con la vigilancia de unos uniformados que jamás dan la cara. Los calamares de un solo ojo, que portan overoles rosados y las gradaciones de los funcionarios de una empresa de la destrucción. Los policías que nos controlan, instaurando una banalidad del mal que desintegra en hornos crematorios.  

Espejo distante de las prisiones del confinamiento.

La vigilancia y el castigo del panóptico de la cuarentena.

Entonces, el viaje al centro de la fábula moral se goza como ritual del caos, gracias a la pericia y el virtuosismo enigmático de la dirección de arte, un protagonista silencioso que trasciende más que los discutibles y predecibles derroteros del argumento.

Profundizar en la vida de los personajes principales, suma al disfrute y el deleite de los espectadores, identificándose con los traumas de los antihéroes.

Los villanos, por igual, tienen un conflicto que desarrollar, conectándonos con su devenir, que anuncia una segunda temporada.

Vean la primera y reflejen sus conceptos en el prisma de la geopolítica del miedo contemporáneo.

El pánico es el fracaso, la muerte y la soledad.

Tres temores de larga data.

Lo demás, en “Squid Game”, merece un foro y una refutación.

Por aquí empezamos y seguimos.   

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