#38MarDelPlataFF – Diario de festival: El libro de las soluciones, Clara se pierde en el bosque, Shortcomings

Por Marcos Ojea

No fue fácil este año. Menos salas, entradas agotadas desde el día en que se lanzaron a la venta, y un público enloquecido que va por todo. Lo último no es algo malo, porque lo mejor para un festival de cine es que las funciones revienten, pero, al mismo tiempo, habla de una desesperación por ser parte de todo a la que cuesta seguirle el ritmo. El mismo fenómeno que hizo que Coldplay agotara todos sus shows. Indescifrable. Pero bueno, acá estamos para hablar de películas, y lo mejor será evitar los desvíos, al menos cuando la situación no lo requiera. Ahora, ¿qué ocurre cuando es un director el que no puede evitar los desvíos?   

Algo de eso sucede en El libro de las soluciones, la última película de Michel Gondry, un francés que cuando se asoció a Charlie Kaufman en 2004, marcó estética y sentimentalmente a una generación. Hablamos de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, sobre la que por supuesto no indagaremos aquí, más no sea para referenciar a Gondry. De lo que hizo después se pueden destacar Rebobinados (2008) y La espuma de los días (2013), una belleza visual inspirada en la novela de Boris Vian. Porque estamos vivos y nos gusta molestar, también recordaremos El avispón verde (2011), un fallídisimo rescate del popular personaje de televisión, de la mano de Seth Rogen. Adelantamos hasta 2023, y de repente nos encontramos en la sala Piazzolla del Teatro Auditorium, una noche fresca de primavera, a punto de ver El libro de las soluciones. Empieza bien, apelando al chiste cinéfilo/intelectual, arrancando carcajadas de la platea, y uno también sonríe y piensa “Bueno, está bien, a ver como sigue”. Y sigue exactamente así, dando forma a una extraña convivencia entre el placer de las ideas bien ejecutadas, y el fastidio por un protagonista insalvable que va devorando todo.

La historia es la de Marc, un director de cine al que los productores no le quieren seguir financiando su película artística de cuatro horas. Con su pequeño grupo de asociados, roba las computadoras del estudio y se traslada a la casa de su tía, en el campo, con el propósito de terminar la edición. La premisa responde a ese subgénero de películas que hablan sobre el proceso de hacer una película; un terreno siempre intrigante, aunque afecto a los desbordes autorreferenciales. No sé cuánto de Gondry hay en Marc, pero lo cierto es que la megalomanía del personaje, representada por una voz en off constante, es la que guía las situaciones hacia destinos imprevisibles. Imposibilitado de ver su propia película para así poder terminarla, va llenando los días con nuevas actividades que lo alejan cada vez más del propósito inicial. Aunque su discurso tiene ese rasgo de patetismo que habilita la empatía, sus acciones casi no tienen consecuencias, y con el correr de los minutos va hartando no solo a sus compañeros, sino también a los espectadores. Asistimos a un espectáculo por demás curioso: Gondry tiene ideas en el guión y talento para traducirlas en imágenes, y varios momentos de su película son genuinamente graciosos e inventivos, pero lo hijo de puta que es Marc excede cualquier compresión. El resultado es agridulce, con la balanza inclinada hacia lo agrio por culpa de las huestes festivaleras que celebran cada tribulación de Marc. Algo así como “y sí, man, los directores somos así”.

Otro día. Una función a media tarde. Algunos no entienden cómo hacemos para ir al cine, cuando afuera el sol invita a desparramarse en la playa. No tiene caso discutirlo. La película en cuestión es Clara se pierde en el bosque, ópera prima de Camila Fabbri. En 2019, Fabbri publicó El día que apagaron la luz, una novela en la que buscaba reconstruir la tragedia de Cromañón a partir de las voces de un puñado de sobrevivientes. El film retoma algo de este concepto y lo trabaja a partir de la figura de Clara, que estuvo en aquel recital de Callejeros en diciembre de 2004. En el presente, la protagonista viaja con su novio a visitar a la familia de él. La acción se ubica, entonces, en una casa lindante con un bosque, un paisaje natural que nada tiene que ver con “la urbe” a la que Clara está acostumbrada. Mientras intenta relacionarse, filma con una cámara de mano, y escucha audios de distintos amigos de su juventud, que se irán explayando con mayor o menor reparo sobre sus recuerdos de Cromañón, y que serán acompañados en pantalla por videos caseros de recitales y juntadas.

La de Fabbri es una película con dos puntos en común con El libro de las soluciones. El primero es la locación, la casa rural, y el segundo es la necesidad de sus personajes principales de crear algo en ese entorno. Pero si la de Gondry es una comedia sobre un artista “genial” en un momento volcánico de ombliguismo y postergación, la historia de Clara se construye desde un lugar opuesto. A tientas, trata de hilvanar un retrato de su adolescencia, marcada por la música, las amistades, los recitales, y ese vagabundeo errático por la ciudad. Clara filma y escucha, también escribe, pero no tiene claro cuál es la forma de su proyecto, ni hacia dónde va.

Antes de ver la película, leí a algunos críticos muy jóvenes decir que se quedaban afuera de la experiencia, que no le encontraban sentido a la mixtura de registros y que, en definitiva, no se entendía lo que la directora quería decir. Es una opinión válida, y más de una vez me encontré frente a la misma sensación, pero en este caso, tal vez por compartir cierta vibra generacional, la propuesta de Fabbri me resultó bastante entendible en su abordaje del duelo y la reconstrucción. La vacilación de Clara, sus dudas sobre la maternidad, cierta irritabilidad, son rasgos de alguien que intenta explicarse qué fue lo que pasó. Es un lugar común, pero legítimo: Cromañón representó la pérdida de la inocencia para toda una generación, y la tragedia particular de un grupo humano enorme y todavía vigente, los rolingas, cuya sensibilidad estuvo atravesada por las letras del Pity Álvarez, de Los Piojos, de La 25. Como la protagonista y su proyecto, Clara se pierde en el bosque desprende una impresión de quietud, de estancamiento, pero no como algo malo, si no como ese momento previo a que las cosas mejoren o, al menos, vayan tomando algún sentido.

La tercera película también parece amagar con ser la historia de un director de cine, lo que nos lleva a asombrarnos de la coincidencia, porque la selección para este texto no fue planeada en función de un eje temático. Es más: no fue planeada en absoluto, siguiendo esa lógica festivalera de mirar el catálogo por encima y decir “esta sí, esta no”, ayudados por el prejuicio y la duración de las funciones. Es más: este año no fue del todo así, porque lo que a priori parecía interesante, estaba agotado al momento de sacar la entrada, entonces había que tentar a la suerte con la acreditación, o conformarse y ver lo que se podía y ya está. Perdón: al igual que Gondry, que Marc y un poco como Clara descubriéndose, me desvíe de nuevo. Antes, más centrado, había dicho que la última película de la que hablaremos parecía ser una cosa y, oh casualidad, después se desviaba hacia otra cosa. Shortcomings, dirigida por el comediante Randall Park, arranca con Ben, director de cine, y su novia Miko, en una proyección que luego deriva en una charla sobre la representación de los asiático-americanos en la pantalla, y qué es cine y que no. Una película de la era Twitter, decimos, y suponemos que los temas seguirán por ahí, pero después Miko le pide un tiempo a Ben, se muda de Berkeley a Nueva York, y ahí el letrero cambia de “películas sobre cine” a “películas sobre treintañeros en crisis”.

Basada en una novela gráfica de Adrian Tomine, quién también firma el guión, Shortcomings narra los estragos de una ruptura amorosa, con un protagonista que durante buena parte de la historia no interpreta que su relación se terminó. O sí, pero no lo quiere aceptar. Y en ese trance intenta vincularse con otras mujeres, con un éxito discutible. También se apoya en su mejor amiga, con la que mantiene largas y descarnadas conversaciones sobre su propia naturaleza. Porque como bien dice ella, Ben se comporta como un imbécil, y en ese sentido se acerca al Marc de El libro de las soluciones. Pero el tratamiento que Park le da a su personaje, al contrario de lo que ocurre allá, hace que Ben sea una criatura querible, que se equivoca pero que parece aprender. Sin ser una maravilla, Shortcomings funciona y da cuenta de un fenómeno cada vez más visible: el enorme talento de algunos comediantes norteamericanos cuando se lanzan a dirigir, con una mirada mirada autoral para volver materia viva a ese ítem tan manoseado llamado “la vida misma”. Aziz Ansari y Master of None, Jonah Hill y su Mid90s, Donald Glover y Atlanta, Bill Hader y Barry, que va incluso un paso más allá. Artistas de la segunda generación de la Nueva Comedia Americana, que quedaron atrapados entre la muerte de esa misma comedia y el surgimiento de nuevas corrientes, atravesadas por la preocupación y la agenda. Desde ese claroscuro supieron despegar, y Randall Park, aún menor pero con los dotes apropiados, parece ir por ese mismo camino.

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