Ozark – Temporada 2
EE.UU., 2017, 10 capítulos de 59′
Creada por Bill Dubuque y Mark Williams
Con Jason Bateman, Laura Linney, Sofia Hublitz, Skylar Gaertner, Jason Butler Harner, Anthony Collins, Julia Garner, Carson Holmes, Marc Menchaca, McKinley Belcher III, Kevin L. Johnson, Michael Tourek, Dirk Allison, Joseph Melendez, Esai Morales, Robert C. Treveiler, Evan George Vourazeris

Los segundos actos en las vidas americanas

Por Federico Karstulovich

Por motivos que desconozco, que, a falta de argumentos le cederé responsabilidad al azar, me viene sucediendo comentar primeras y segundas temporadas de series en esta revista. Y, por lo visto, para no interrumpir la racha de casualidades, todas las segundas temporadas que me tocaron abordar terminaron siendo funestas. Por aquí hablé de Stranger Things y por este otro lado, junto a mi colega Hernán Schell, hablamos de 13 Reasons Why. Por ese motivo es que me temí lo peor al ingresar a la segunda temporada de la serie de los lavadores de dinero, que, a decir verdad, no me resultaban atractivos previo a ver la primera temporada, pero que luego de conocerlos me resultaron atrapantes, tal como lo conté en esta nota. En ese entonces, les contaba a los lectores que la serie operaba mediante un mecanismo extraño (y productor de extrañamiento) que era el de presentarnos personajes a los que nunca pudiéramos acceder del todo, como si en el fondo no le importara demasiado que supiéramos quiénes eran. Es precisamente eso lo que cambia en la segunda temporada de esta serie, como si a partir de este segundo acto los personajes comenzaran a tener carnadura. El problema aparece con las implicancias de esa elección.

A priori no debería implicar algo necesariamente malo eso de contar con personajes tridimensionales, con suficiente carnadura y arcos dramáticos como para poder afrontar toda una segunda temporada casi sin despeinarse. El problema, en todo caso, pasa por el cambio de estrategia. Esto se debe a que la ausencia de información sobre los personajes era precisamente lo que hacía de esta serie, al menos en su primera temporada, un extraño ovni, que no nos dejaba anticipar la jugada. Y, en algún punto, el desarrollo de personajes en la segunda temporada habilita que podamos empezar a adelantar todas las jugadas juntas, como si esa promesa de “no debo ser Breaking Bad, no debo ser Breaking Bad” que la serie se había jurado a sí misma en la temporada de inicio, en el fondo terminara siendo quebrada, como si en realidad esa primera temporada hubiera sido un experimento posible de un artefacto que fue pensado sin potencial de continuidad, algo que recién encontró al finalizar su recorrido internacional. El problema es que esa continuidad hace de Ozark algo interesante, pero al mismo tiempo tan distinta de sí misma como tan parecida a otras series sobre lavado de dinero y crimen de parte de personas aparentemente ajenas al juego.

Quizás por todo esto, la elección de jugar a fondo con los personajes y sus interacciones en el fondo no es ilógico con la naturaleza que debería tener una serie, acaso un formato cuya extensión condiciona algunas variables. El segundo punto pasa por la necesidad de los personajes de contar con una tentativa, con una potencia de desarrollo algo excesiva, y en todo caso por momentos innecesaria. Por eso no es casual la muerte sorpresiva de algunos personajes centrales. Entonces cabe preguntarse si esas muertes no terminan siendo el reemplazo adecuado para la imprevisibilidad que la serie tenía como marca de autor. Como si en el fondo la serie  en su segunda temporada no hiciera más que violar todo precepto a cambio de ser parte de un conglomerado de exponentes. Como si buscara camuflarse entre otras series del montón. Será por eso que sus personajes comienzan a resultarnos familiares, sí, pero al mismo tiempo esa familiaridad los hace más chatos en vez de más complejos.

De a poco, a lo largo de los diez capítulos, vamos encariñándonos con algunos de los personajes que antes nos resultaban ajenos, extraños y fascinantes. Pero contrario a darle esto más vida a cada uno de ellos, parece operar el efecto inverso. Y progresivamente nos vamos viendo abandonados por el enigma, y como sustituto, abordados por la psicología. No, no estamos ante Los Soprano, pero tampoco estamos tan lejos de los gangters de buen corazón (aunque en la segunda temporada de Ozark no hay una sola persona buena, y todos parecen tener un aspecto oscuro y desagradable). Es así que cuando hay muertes (que las hay varias), ninguna de ellas nos conmueve de fondo, como si la serie poco a poco nos fuera anestesiando ante el mal, el dolor o las pérdidas, como si en el fondo hubiera logrado que como espectadores terminásemos introyectando la lógica de la mafia hasta hacerla tolerable, esperable, predecible. El problema es que cuando sucede eso también estamos ante la inminencia del fin.

Al finalizar la temporada, que vi junto a mi novia, ella me adelantó (con sorprendente precisión, debo confesar) lo que podría suceder en la tercera temporada, hoy por hoy ya confirmada por distintos medios. No solo su predicción parecía acertada, sino que parecía la comprobación definitiva de que la serie estaba mutando. No, nunca dejó de ser interesante lo que contaba, pero su previsibilidad la está volviendo parte del juego más esperable. A veces, cuando pasa eso, hablamos de crecimiento, de evolución. En muchos casos, crecer también es morir un poco.

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