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Tiempo de lectura: 14 minutosBALANCE PERRO BLANCO 2020 – PARTE I: series del año

Por Varios Autores

Estimados lectores:

Decidimos hacer este balance en varias partes. La primera de ellas se concentra en un breve resumen serie por serie de las que consideramos mejores series televisivas emitidas o subidas a plataformas en 2020. Les recordamos que por cada breve resumen podrán ver que hay un link directo a una nota original y de mayor extensión (siempre que hayamos hecho la cobertura en Perro Blanco, sino encontraran el material que está aquí pero sin ningún link externo de referencia).
Dejamos para el final las listas de cada redactor y las elegidas por los lectores que nos escribieron a [email protected]
Esperamos que lo disfruten.

Diez (10) mejores series emitidas en el año

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1.Normal People
En el mundo de la ficción hay historias buenas, hay malas y hay también regulares (la enorme mayoría). Hay unas pocas obras maestras. Pero más extraño aún es encontrar piezas donde la química entre los personajes, la pareja protagónica, traspase la pantalla, el tiempo, y a la propia historia.Normal people es un fenómeno que escapa al vulgar fanatismo y que se transforma en una obsesión creciente. Como decíamos esa decisión feliz de condensar y privilegiar el mundo interior de la pareja protagónica nos lleva a esta suerte de radiografía amorosa, todo un hito, en lugar de la ficción corriente, de la trama teleológica perfectamente articulada que se pierde y queda solamente en la anécdota.Pero Normal People, con su minuciosa psicología y una historia que parece simple pero que es grande porque además tiene en sus capas una intertextualidad poderosa, donde por momentos la fábula novelada tiene esa sensibilidad a la Jane Austen, sensibilidad por esas historias de amor intrincadas, que superan mil barreras y estragos, barreras y estragos que también están presentes en el glorioso Charles Dickens porque, a grandes rasgos, su fábula moderna está también presente aquí. Normal People es como una gran novela de aprendizaje en su cumulo de escenas notables que no escatima la mirada social. “Somos felices cuando nuestro interior está correspondido por nuestro exterior” dice Yeats (el gran poeta de Sligo) cuyo espíritu deambula por toda la serie y que decía que la vida es una bengala roja de sueños. La historia de amor de esta nueva generación. De chicos que se vuelven grandes tratados con respeto, sensibilidad y belleza.
Tomás Carretto

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2.Better Call Saul – Quinta temporada
Voy a robarle el razonamiento a un crítico amigo y decir que, a esta altura del partido, con cinco temporadas encima, Better call Saul logró un prodigio similar al conseguido en su momento por Mad men: establecer un piso de calidad altísimo, que garantiza que cualquiera de sus episodios -aún los más transicionales- sea una experiencia distintiva. Al mismo tiempo, ha recorrido un camino similar al de su predecesora, Breaking bad: ha ido superándose temporada a temporada y, de cara a la última entrega, tiene la fuerte chance de terminar superando la excelencia de su serie madre. Prueba de esto es el brillante episodio titulado Bagman, que pone a dialogar el paisaje con unos pocos personajes, configurando una maquinaria narrativa y estética única, casi inclasificable. Es que no estamos ante un spinoff/precuela cualquiera: Vince Gilligan y Peter Gould han logrado crear un show que no para de descubrir nuevas capas para sus protagonistas, y lo del camaleónico abogado interpretado por el gran Bob Odenkirk es apenas el punto de partida. Es que la serie no solo ha logrado potenciar a otros personajes, como Mike y Fring, delineando nuevos interrogantes alrededor de ellos, en vez de ofrecer todas las respuestas posibles. También ha hilvanado nuevos, como Kim, la pareja de Saul, con sus dilemas y ambigüedades; Nacho, ese joven criminal que nunca puede salir del círculo del infierno en el que está metido; y Lalo Salamanca, un ser tan temible como coherente, despiadado y al que nada parece detenerlo. A este último, la temporada le regala su último plano, que es realmente escalofriante a partir de cómo se corta en el medio de la acción. Una serie que supo utilizar con gran inteligencia elementos del western, el thriller legal y el drama familiar -por nombrar solo algunas herramientas genéricas- finalizó su quinta entrega asomándose a un terror tan realista como sobrenatural. Ese que nos hace especular sobre qué estamos dispuestos a hacer los seres humanos cuando estamos ante una situación que rompe los límites. Por eso la espera para la sexta y última temporada es casi inaguantable. 
Rodrigo Martín Seijas

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3.Tales from the loop
Tales from the Loop es, quizás, la serie de ciencia ficción más humanista de los últimos años. Con ocho capítulos de menos de una hora de duración cada uno de ellos, la serie tiene un aroma a los viejos unitarios (ese formato que ahora hemos adoptado con nombre angloparlante: antología) que contaban en pocos minutos un cuento moral. En sus 8 potentes episodios, Tales from the Loop nunca renuncia a las premisas argumentales de alto impacto, algo que resulta clave para que nos enganchemos a ver una sucesión de capítulos con personajes que no conocemos o que vemos por primera vez. A decir: niños que viajan en el tiempo, adolescentes que encuentran dispositivos para detener el tiempo, viajes a dimensiones paralelas en donde el propio doble ha logrado sus sueños, transmutaciones de cuerpo sin retorno (entre humanos y entre humanos y máquinas), un niño y su abuelo descubren una máquina que indica cuánto tiempo de vida tendrá cada persona, un hijo robot es abandonado por su padre y su hermano lo encuentra. Todas y cada una de las premisas comienzan con una ganancia: los puntos de partida son posibles, no porque la ciencia ficción aplicada haga bien la tarea con su verosímil, sino porque la serie (de manera spielberguiana) ha optado por ponernos en ese intermedio entre los ojos de los personajes y el mundo. El recorrido que hace la serie es un recorrido eléctrico por las posibilidades de la empatía convertida en vehículo de ideas. En Tales from the Loop todo está inundado de una tristeza proustiana por el mundo perdido. Pero como les dije, no es el mundo del pasado añorado por los adultos nostálgicos que alguna vez fueron pibes en los 80s, sino la añoranza por el fantasma que nunca fue. En ese acto espiritista es en donde las lágrimas y el bocho se conectan para mostrarnos que hay vida y humanidad hasta en las ideas más pequeñas: llorar es una cosa del bocho, porque la cabeza sigue siendo un enigma que excede al cerebro. En ese enigma vive esta serie con un corazón enorme.
Luciano Salgado

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4.Ozark – Tercera Temporada
Ozark, en su tercer temporada, construye un plan perfecto, en donde termina de cerrar (o mejor dicho: expande con fluidez) cosas que estaban latentes en la primera temporada y que estaban establecidas parcialmente en la segunda. Por eso a la hora de pensar Ozark S03 es indispensable integrar todo el proceso de las temporadas anteriores. Porque esa ingeniería invisible parece menos producto de una gran especulación en el proceso de avance (como la genial pero también fallida LOST en donde todo era un gran Pay Forward, es decir, una gran promesa y postergación como estrategia narrativa) que una arquitectura minuciosa de la destrucción. Ese efecto cascada es irremediable en tanto se comprende la progresión lógica de todas las temporadas previas. No se me ocurren tantos casos en los que la construcción de un mundo interior parta de la elisión informativa (Ozark S01), para pasar a la expansión psicológica que contradiga lo hecho previamente (Ozark S02) y luego coronar con una tragedia en ralenti que, contraria a padecer el proceso, parece amoldarnos a la ingeniería destructiva de ese mal en donde incluso gente integra se entrega a la miseria más intolerable (Ozark S03). Es curioso, pero todo lo que vemos en la tercera temporada nos deja a muy pocos (sino directamente ninguno) personajes defendibles, queribles. En su efecto dominó poco importa si reconocemos actos deleznables. Es una ficción y punto. En todo caso nos reconocemos a nosotros mismos mirándonos al pasado y diciendo: Y cómo fue que llegamos acá?
Ludmila Ferreri

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5.The Mandalorian – Segunda temporada
Con el hojaldre cinéfilo alcanza? El esquema de variaciones y repeticiones (esquema medieval y adecuado para el caso) no es suficiente para construir algo distinto a lo que habíamos visto en la primera temporada. La pregunta es entonces: puede sobrevivir un personaje adecuado para una serie en un serial corto como lo es The Mandalorian sin que se produzca en el fondo un salto cualitativo?. Temporada de transición es la respuesta. Cuando la serie se permite enhebrar un camino propio, sin la necesidad explícita de referenciarse de manera palpable en esa galaxia muy, muy lejana, es cuando mejor le va. La segunda temporada fue un viaje no solo de los personajes, sino de la serie misma hacia otro lugar, un tratar de concluir con ciertas vías narrativas. Ya no funciona la lógica del personaje de Mando a través de 16 episodios sin realizar un giro en alguna ocasión. No es McGyver, ni El Increible Hulk, ni Brigada A de los 80s. Tampoco es el Flash Gordon de los 40s. La pregunta es otra: qué clase de personaje es en relación a esta época y a esta narrativa? El anonimato y el corte eastwoodiano de la primera le hubiera jugado mejor. Y la aceptación de las muertes necesarias podría haber convertido a la serie en una serie adulta. Pero no: hay un principio de infantilización. The Mandalorian sigue marcando una diferencia a favor es en la humanidad que continúa transmitiendo, y eso se ve muy bien en la secuencia final de la temporada. Hay un cariño por lo que se cuenta que la aleja del automatismo y que la acerca a una infantilización, pero en un sentido positivo. Una infantilización madura, por decirlo de algún modo, donde no es tan necesaria la violencia explícita. Al mismo tiempo creo que en Favreau hay un segundo intento por reformular y mejorar aquello que la lectura JJ Abrams había dejado mal cerrado. En ese sentido lo que hace Favreau es más ordenado, si. Pero conforme se acerca a ese costado también pierde algo de la autonomía que había sabido conseguir con la primer temporada. La necesidad de confluencia puede potenciar los negocios pero desarmar al mito que la temporada 1 había logrado concebir con eficacia. Otra vez el problema del mito vs la historia. La serialidad, el mito, la incompletud es lo mejor que tiene para ofrecer el personaje. Hacerlo confluir demostraría la mirada cortísima.
Federico Karstulovich, Ariel Esteban Ramos & Rodrigo Martín Seijas

The Last Dance 2

6.The Last dance
El retiro, para muchos personajes de la vida publica, es el oprobio, es el eclipse total del cual no pueden volver. No obstante muchos otros supieron entender que el retiro es también parte del proceso para que nuevas generaciones puedan ingresar y hacer el intento de continuar, cambiar, renovar, redefinir aquello que dejaron en el camino las tradiciones del pasado. Hay algo desesperado y tiránico en esa demanda de contemporaneidad, que es el sentimiento infantil de que el tiempo no pase, de que la vejez no llegue, de que los achaques del cuerpo, que la falta de ideas, que la creatividad limitada, que la cristalización de las obras no llegue. Ser contemporáneos, en definitiva, es un sentimiento de juventud. Hay quienes logran ser contemporáneos porque cambian y se adaptan, hay quienes cambian y se adaptan y no son contemporáneos, hay quienes no cambian ni se adaptan, hay quienes son contemporáneos de manera penosa y demagógica, hay quienes necesitan hablar de esa imposible contemporaneidad y solo retornan a su pasado obsesivamente, como si fuera un caparazón. The Last Dance no es un documental sobre el basquet, ni sobre la superioridad notable de un grupo deportivo formado por atletas excepcionales. Es, quizás, un documental funerario sobre la aceptación de la muerte, un documental sobre el paso del tiempo, un testimonio sobre el duelo que supone dejar de ser contemporáneo y que el mundo siga girando sin que formemos parte de ese centro. Todos los capítulos de The Last Dance están atravesados por una emocionalidad contenida, pero que funciona acumulativamente, con una elegancia invisible gracias a la oscilación que marca la estructura temporal, que nos hace ir y volver entre los últimos años del grupo antes de ser desmembrado. Esa serie de variaciones hace también al núcleo duro de este baile maravilloso que construye emoción porque la entiende desde el único costado posible: en esa sed de vivir de Jordan y sus gladiadores hay menos una obsesión por ser el centro de una galaxia que se apaga que un miedo desaforado a la muerte, que algún día llega y arrasa con todo lo que alguna vez fuimos y nos hizo ser reyes de un mundo que ya no existe: el presente.
Gabriel Santiago Suede

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7.Carmel: Quién mató a María Marta?
La pregunta, al finalizar Carmel: ¿Quién mató a María Marta? es clara: estamos ante un policial o simplemente ante la construcción cifrada de otra cosa que, en todo caso, utiliza al policial como excusa? A ver: al final de cuentas la misma serie hace esa declaratoria de principios con el último plano, que, recorrido de travelling out mediante, revela el juego de espejos final: la puesta en escena (de la serie) dentro de la puesta en escena (del juicio y del caso) dentro de la puesta en escena (de la escena del crimen), como si en su reflexividad de manual la serie nos recordara que todo puede falsearse. ero aquí no sobrevuela el espíritu de Welles ni de Kiarostami, sino de Borges, acaso uno de los grandes falsarios literarios que hayamos podido concebir en esta llanura de los chistes. El asunto es que ese atisbo reflexivo con el que la serie juega lateral, parcialmente (sus reenactments no son precisamente reveladores de nada, sino más bien un complemento a las cabezas parlantes que dan testimonio) nunca termina por transformar en anécdota el problema de narrar, sino que pareciera, bajo toda circunstancia, convencernos de la posibilidad de estar testimoniando un whodunit. Estamos ante un policial clásico, de esos que nos habilitan al giro de tuerca final que revele a el/los responsable/s del crimen? Estamos ante un policial negro que nos muestra el la sordidez del mundo de contactos de la clase alta o estamos ante una figuración reflexiva sobre el acto de mirar, pensar y representar públicamente al crimen de una mujer en el marco de una sociedad que estaba saliendo de una crisis económica de a poco? Quizás el mayor de los problemas de Carmel: ¿Quién mató a María Marta? es que pretende hacer las tres cosas juntas: narrar un misterio, describir una operativa del poder y deconstruir y preguntarse por los procesos de representación y mediatización en un contexto especifico. Con sus villanos y héroes intercambiables a piacere del espectador, con sus lugares comunes en la estructura narrativa propuesta, con su coqueteo superficial con las diversas tradiciones del policial, la serie logra otorgarle más frialdad a la ya fría racionalidad del género en sus diversas variantes.
Federico Karstulovich

Homeland

8.Homeland – Octava temporada
El cierre de Homeland fue parecido al de Boardwalk Empire: ambas series tuvieron sus años de moda y casi total centralidad pero llegaron al final de sus recorridos cuando habían pasado a ocupar lugares secundarios dentro del panorama televisivo. Ojo, nada de eso significa que no se sienta como un final de época con todas las letras: al fin y al cabo, la serie supo explotar un enigma inicial de manera estupenda, pero cuando ese conflicto encontró su punto de agotamiento, tuvo la audacia e inteligencia para reubicarse en otros ejes. Contra todos los pronósticos, Homeland no solo consiguió arribar a un final digno sino incluso potente. Lo hizo en buena medida apelando a una de sus mayores virtudes, que es la mencionada capacidad para reinventarse. Pero no se trató solamente de la voluntad por quemar puentes narrativos o utilizar lo temporal y el movimiento como instrumentos esenciales en la puesta en escena. Los creadores supieron recordar a tiempo cuáles eran los pilares esenciales de la serie: estamos hablando, obviamente, de sus personajes. Homeland terminó mucho más arriba de lo esperado y nos dejó a un dúo protagónico que quedará para siempre en la historia televisiva.
Rodrigo Martín Seijas

Trying Apple Tv Series 2020

9. Trying
En un año en el que las series inglesas sostenidas sobre personajes con vidas comunes se impuso a las series de guiones enrevesados, personajes patéticos o espectaculares o lisa y llanamente a la truculencia de los policiales nórdicos (hechos en Noruega, Dinamarca…o Alemania, o EE.UU., porque ya no tienen identidad nacional: son exportables), Trying quedó un poco rezagada respecto de la luminosidad de Normal People.
Otra vez dos personas que tienen que aprender. Otra vez dos personas a “media cocción”, si es que las medimos con el termómetro exitista de lo que demandan las sociedades de consumo para ciertas etapas de la vida (trabajos bien pagos, una casa propia, amigos multiplicados, hijos, paternidades felices, viajes, etc). Sobre ese sistema de expectativas traicionadas, sobre la necesidad de lidiar con todos y cada uno de los “problemas” de no entrar en ciertos estándares y al mismo tiempo intentar ser padres sin saber demasiado bien dónde se está parado (no se me ocurren más cosas que se parezcan a la vida misma) se sostiene Trying, a la que llegamos tarde por esas cosas que tiene el torrente del streaming: películas y series que se acumulan, la sensación de tener que ver todo…y en el medio se nos pasan maravillas como esta. Por suerte varias personas de esta redacción la votamos como una de las series del año. Y aunque hayamos llegado a destiempo, como los personajes llegan a casi todas las cosas que les van pasando, llegamos. No se la pierdan uds y búsquenla por las plataformas que puedan. Están avisados.
Pedro Gomes Reis

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10. Tiger King
Tiger King cuenta, a su manera, una tragedia en pequeña escala. Cuenta la historia de un grupo de condenados que se creyeron más grandes que la vida. Y describe las derivas vitales de una serie de obsesivos criadores de felinos, en donde la presencia de los animales termina funcionando como perfecta excusa para narrar el apogeo y caída de el centro de este sistema solar de dementes criadores de tigres y leones (entre muchas cosas más). En Tiger King todo comienza con una excusa relativamente pequeña. Se trata de una pequeña disputa entre los conservacionistas en estado natural de los animales salvajes frente a los explotadores de los mismos en zoológicos privados. La curiosidad es que aquello que muestra, al menos en un inicio, un antagonismo más o menos claro, termina revelándose como una pelea de facciones por una suerte de mercado común. Hay algo de scorseseano en todo lo que vemos, como si en algún momento todos se hubieran conocido entre si. Todo lo que vemos parece formar parte de una fauna inextinguible que alguna vez pudo ser una pandilla pero que, por la diversidad de intereses se desintegró. Similar al mundo de los descastados del cine de Marty, lo que muestra Tiger King es una pequeña tragedia en siete actos, que al mismo tiempo deja en claro que los mundos microscópicos tienen la capacidad de replicar una universalidad que no nos parecía posible. la serie nos superpone dos registros a la vez: lo grande (y bigger than life), extremo, desmedido, voluptuoso, ridículo, esperpéntico. Y lo pequeño (íntimo y tierno), patético, infantil, desesperado. En esa coexistencia entendemos que todos esos personajes que pululan por la serie, pero en particular el mismo Joe, no son mas que personas necesitadas de amor, abandonadas a su puta suerte. Y que un día, gracias a un animalejo que se les cruzó por las retinas, encontraron un motivo de ser en el mundo abandonado y frío. Sobre ese encuentro afortunado (en un inicio) y desafortunado (al finalizar) a la vez gira esta serie salvaje.
Gabriel Santiago Suede

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