Showing up

Por Marcos Ojea

Estados Unidos, 2022, 108′
Dirigida por Kelly Reichardt
Con Michelle Williams, Hong Chau, Judd Hirsch, Maryann Plunkett, John Magaro, Heather Lawless, André Benjamin, James Le Gros y Lauren Lakis.

Sentido y sensibilidad

Showing up, el nuevo eslabón en la carrera de Kelly Reichardt, es una historia tan mínima y sutil que fácilmente podría ser catalogada con ese juicio que se reserva para mucho cine independiente que recorre festivales: “una película donde no pasa nada”. En verdad sucede mucho, pero en un nivel molecular, como en los cuentos de Raymond Carver, a quien el indie norteamericano le debe mucho. En el centro de la escena aparece Lizzie, una escultora que prepara sus trabajos para una exposición. Tiene un gato, un departamento que, por circunstancias, está sin agua caliente, y una vida interior en apariencia miserable. Una mujer sufrida, con una serie de vínculos y afectos que operan directamente sobre su malestar. En esa relación, la de Lizzie con su entorno, se cifra la propuesta de Showing up, que con ritmo cansino y aparente monotonía, es capaz de invitar a la bronca, la tristeza e incluso la risa. De ese modo, el aspecto formal de la película, su puesta en escena minimalista y de tonos apagados, pueden entenderse como una representación del estado anímico de la protagonista, atribulada e infeliz. Siempre a merced de las decisiones de los demás, mientras transcurre sus días en crocs y sin poder ducharse.

La presencia fundamental, la que imprime sustancia y sentido, es por supuesto Michelle Williams, una actriz extraordinaria que compone a Lizzie con una tensión contenida que parece no encontrar jamás su punto de fuga. A su alrededor, las personas se mueven entre anestesiadas y despreocupadas. Su madre, interpretada por Maryann Plunkett, con quien comparte el ámbito laboral (una escuela de arte, o residencia para artistas, o ambos), la trata con indiferencia y hasta con un poco de desprecio. Su padre (el gran Judd Hirsch) hospeda a extraños que lo viven, pero que también le hacen compañía. Su hermano (John Magaro), un supuesto genio, ermitaño y paranoico, está al borde de perder la cordura. Y después está Jo (Hong Chau), otra artista, que ocupa varios roles en la vida de Lizzie: vecina, dueña del departamento que alquila, colega, rival y, de algún modo, también amiga. O lo más cercano a una amiga que Lizzie puede permitirse.

Las interacciones y los problemas con estos personajes irán minando una paciencia que, lo sabemos, es probable que nunca explote. Ese también es el mood de Showing up, un bajón generalizado que no derivará ni en tragedia ni en grandes conclusiones. La idea de la directora y guionista (en coautoría con Jonathan Raymond) quizás sea la de mostrar el día a día de una artista menor, a la que no le pasa gran cosa más allá de sus conflictos laborales y personales, pero convirtiendo esa experiencia en una pieza delicada y melancólica. El encanto de la película se desprende de la convivencia entre lo bello y anodino a la hora de retratar la historia de Lizzie, con un tono que tiene más de comedia asordinada que de drama, con vibras de Jim Jarmusch. El acierto está también en mirar al mundo del arte de costado, sin entregarse a los desbordes del acto creativo cuando tiene testigos. La protagonista tal vez no sea una gran escultora, y es posible que se sienta por detrás de sus colegas, pero definitivamente tiene “algo”. Lo mismo que ocurre con sus obras, extrañas y sugerentes, y lo mismo que ocurre con Showing up, una película pequeña, de actos cotidianos. Permeable a interpretaciones pomposas, pero honesta en su austeridad e intenciones. 

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